viernes, 21 de marzo de 2014

Sobre la reforma tributaria

La entrada de hoy sobre la reforma tributaria se publicó como columna en el diario La Tercera bajo el título "Brindando por la Reforma Tributaria".

Nuestro desarrollo requiere aumentar simultáneamente la cooperación y la competencia para incentivar la innovación, creatividad, complejidad y el emprendimiento. Pero la competencia no es compatible con la desigualdad y Chile es el país más desigual de la Ocde.

Una economía desigual sólo puede ser competitiva si habita el paraíso neoliberal de los mercados perfectos, donde el crédito para una idea depende de su calidad o del esfuerzo de su autor y donde esa calidad no depende del acceso a buena educación, porque el problema del acceso no existe. Lástima que aquí, afuera del Edén, donde lo normal son los mercados imperfectos, lo que permite generar ideas de calidad y financiarlas es, al final del día…, ¡ya tener capital!

Este es el mecanismo de acumulación capitalista y profundización de la desigualdad que explica, además, la famosa Curva del Gran Gatsby que muestra la correlación internacional entre igualdad y movilidad social. Esta relación empírica entre igualdad de resultados y de oportunidades cuestiona la lógica de quienes nos llaman a optar entre ellas.

Los países desarrollados mezclan esto del capitalismo puro y duro con la economía de competencia e innovación. Chile, en cambio, es un caso de capitalismo casi químicamente puro en que éstas juegan un rol muy secundario frente a la acumulación como motor de inversión.

Este hipercapitalismo tiene costos sociales y peligros políticos obvios, pero además límites económicos, ya que faltan casos de países que se desarrollaron invirtiendo a la brutanteque y sin innovar.

Transitar hacia esa otra economía requiere políticas sociales, laborales, educativas y productivas que democraticen la competencia, liberen la creatividad y emancipen la innovación de las cadenas del determinismo social. Esto no sólo como mecanismo de desarrollo, sino, además, para sostener una democracia con ciudadanos comprometidos, partícipes y responsables. Si fracasa esta transformación e insistimos con marginar a la ciudadanía hacia la tarea de ser barata, obediente y sumisa, es probable que suframos turbulencias políticas, regresiones productivas, retrocesos institucionales y esclerosis económicas.

Las políticas involucradas son caras y requieren financiamiento permanente, como ocurre en los países que decimos admirar. Por ende, las reformas tributarias que vienen son centrales, porque recaudan los fondos necesarios, pero también porque buscan una estructura pro equidad y competencia. Chile es, al final, el único país Ocde cuyos impuestos no mejoran la distribución y donde predominan mecanismos que en la práctica favorecen a la gran empresa, al conglomerado y a la multinacional por sobre los innovadores, los nuevos empresarios y los emprendedores populares (como el FUT y el DL600).

La tarea no es eliminar incentivos a la inversión, sino sustituir estos mecanismos por otros que generen acceso igualitario a la liquidez, siendo menos susceptibles a convertirse en dispositivos de elusión, evasión y trampa. Todos sabemos quiénes pueden pagar el diseño de esos mecanismos.

Los gremios empresariales suelen decir que su preocupación es el desarrollo de Chile más que su interés sectorial. Si es así, en vez de estar refunfuñando, deberían estar brindando por la reforma tributaria.